Los objetivos generales del tratamiento de la diabetes son:
evitar las descompensaciones agudas, prevenir o retrasar la aparición de las
complicaciones tardías de la enfermedad, disminuir la mortalidad y mantener una
buena calidad de vida. Por lo que se refiere a las complicaciones crónicas de
la enfermedad, está claro que el buen
control glucémico permite reducir la incidencia de las complicaciones
microvasculares (retinopatía, nefropatía y neuropatía), mientras que el buen control
de la glucemia per se no parece ser tan determinante para prevenir las
complicaciones macrovasculares (cardiopatía isquémica, enfermedad
cerebrovascular, arteriopatía periférica)4 y,
en este sentido, el tratamiento de la hiperglucemia debería contemplarse como
parte de un abordaje integral del conjunto de factores de riesgo que presentan
estos pacientes (hipertensión arterial [HTA], dislipemia, tabaquismo).
La hemoglobina glucosilada (HbA1c) es
el mejor índice de control de la diabetes, ya que informa sobre el grado de
control glucémico de los últimos dos a tres meses y debería permanecer por
debajo del 7%. Sin embargo, en los pacientes ancianos o con una esperanza de
vida muy limitada no es necesario alcanzar este objetivo terapéutico puesto que
puede comportar un elevado riesgo de hipoglucemias graves.
Por lo que se refiere a los objetivos a alcanzar en el perfil
lipídico y de presión arterial, hay que tener en cuenta que la cardiopatía
isquémica es la principal causa de mortalidad en los pacientes diabéticos, y se
ha demostrado que el riesgo cardiovascular de un paciente diabético es similar
al de un paciente no diabético que ya presenta cardiopatía isquémica.
Por tanto, los objetivos requeridos en la población diabética
son muy estrictos y equiparables a los que se exige en los pacientes con
enfermedad coronaria establecida.

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